La primera vez había una tos nerviosa que sólo calmaba la cocaína. Luego lo cogimos gusto y cada 4 o 5 meses volvíamos. Yo hacía un gran esfuerzo para quedarme preñada de nuevo, me tiraba a todo lo que se movía y contenía las ganas de tragármelo y que me diesen por el culo, lo que de verdad me gusta. Pero era tan bonito, tan excitante, que hurgaran en mi cuerpo aquellos carniceros de tez blanquecina. Me veían y los colmillos empezaban a gotear de gusto. Me abría para ellos, hundían sus fauces en mi estómago, arrancaban el feto y después lo admirábamos como a un amanecer. Jugábamos al fútbol con esos cuerpos pequeños, a las cocinitas con sus almas. Después empecé a llegar con la preñez avanzada, era mucho más que un espectáculo. Poníamos la mesa en la sala de espera y nos enfadábamos con ellos porque no comían, aquellos fetos tan bien hechos, sólo les faltaban las orejas, que son lo más difícil de hacer por su complejidad de cartílagos. Y así, en aquella clínica, todas las zorras pasábamos el tiempo, nuestro parque temático, las orgías con los vampiros, el calor que me ofrecía la mesa de operaciones. Y nos lo quieren quitar. Pero he comprado en la Teletienda, un juego de cuchillos de cerámica para jugar yo sola. Nadie es mejor vampiro que una misma.
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